Desarrollo Socioemocional en la Primera Infancia (0-3 años)

Ps. María Jesús Lagos


Si bien todos los seres humanos contamos con el mismo rango de emociones, existen grandes diferencias en cuanto a la frecuencia y expresión de éstas, junto con las experiencias que la producen. Es decir, yo siento mis emociones y me expreso de una forma única, y esto es un elemento nuclear de la personalidad, pero también muchas veces esto hace que sea muy complejo entender lo que siente el otro, sobre todo durante la primera infancia (0 a 36 meses) a la cual va dirigido este artículo, pues la capacidad de comunicación es distinta.





Como recién dijimos, todos sentimos y nos expresamos de forma distinta, pero a pesar de las diferencias hay ciertos procesos normativos (típicos en todas las personas) propios del desarrollo físico y psicológico del humano, los cuales siguen una secuencia transversal.

Es importante comprender que el desarrollo y la expresión de las emociones, se relaciona con la maduración cerebral y el desarrollo cognitivo y de la autoconsciencia. Por esto, no podemos esperar que un niño/a exprese sus emociones de la manera en que la hace un niño más grande o un adulto, pues las opciones de expresión con las que cuentan los niños pequeños son limitadas al llanto, sonrisa y risas.


Cuidadores y su rol en el desarrollo

Nos referiremos a los cuidadores como las principales figuras de apego y cuidado de los niños, ya sea madre, padre o abuelos, entendiendo no solo las necesidades físicas, sino también las necesidades de afecto y cariño.

Los cuidadores cumplen un rol fundamental en el desarrollo socioemocional de los niños, ya que las relaciones que se forman en esta etapa, van a influir en la capacidad para establecer relaciones íntimas el resto de sus vidas.

Debemos recordar que los niños aprenden mucho observando a sus padres o mediante la relación que tienen con ellos, y el desarrollo socioemocional no es la excepción. La manera en que los cuidadores responden a las emociones de sus niños, definirá de gran manera la personalidad que desarrollen, los vínculos sociales y la posibilidad de seguir expresándose con naturalidad.

Hay que entender que los niños expresan sus emociones buscando una respuesta, la cual en general es la satisfacción de sus necesidades físicas y afectivas. Si contamos con un padre o una madre que acepta las emociones más negativas de los bebés, tales como la molestia o la ira, y responde al niño intentando calmarlo y cubriendo sus necesidades, de manera constante, estaremos fomentando la formación de un vínculo de confianza. Así el niño aprende -mediante las interacciones cotidianas sostenidas en el tiempo- que sus emociones son validadas y satisfechas por los padres. En cuanto a las emociones positivas, es más fácil responder, pero no para todos. Si el niño busca conectarse mediante una sonrisa, y no ve el reflejo de ésta en los padres, buscará exhaustivamente encontrar la aprobación y respuesta en ellos, hasta que se rinda, dejando como aprendizaje que no puede confiar en sus cuidadores. Esto produce mucho estrés en el bebé, lo cual afecta su desarrollo físico y psicológico. En cambio, si vemos que la madre responde, el niño conseguirá la tranquilidad que buscaba, pudiendo continuar con normalidad su desarrollo, cumpliendo con otras etapas normativas.

Un cuidado insuficiente (mala calidad, baja cantidad o inestable), cuidadores insensibles o falta de capacidad para responder a las necesidades del niño, crean mayores posibilidades de que el niño desarrolle un vínculo afectivo inseguro. Si no cubrimos las necesidades, el menor debe aprender a calmarse solo, saltándose etapas del desarrollo que no debiera saltarse, trayendo consecuencias a largo plazo, y dejando de lado otras tareas necesarias de su edad, debido a que la energía se enfoca en el autocuidado. Si no se desarrolla un vínculo primario en base a la confianza, estaremos aumentando las posibilidades de que en un futuro las relaciones sociales presenten ciertas fallas, pues los pilares se encuentran débiles.


Ejemplo: Un bebé de 3 meses se siente incómodo por lo que busca mediante el llanto que sus padres lo ayuden a regularse. Si los padres lo toman en brazos, lo acurrucan y resuelven su incomodidad, el niño conseguirá la calma que buscaba, y sabrá que sus padres pueden ayudarlo, generando confianza en ellos y en el vínculo de cuidado. En cambio, si los padres lo dejan llorar por más tiempo o lo toman en brazos pero no se conectan con su emoción, el niño probablemente tardará más en calmarse, y el vínculo no será de todo seguro. Por último, si los padres deciden dejarlo llorar hasta que se duerma, el niño deberá aprender a calmarse solo, aun cuando la necesidad no esté resuelta. Con esto se formará un vínculo de desconfianza, en que el niño debe autocuidarse, sin generar una base sólida para futuras relaciones.

Ojo que con este ejemplo buscamos ilustrar una situación puntual donde una conducta está buscando esa conexión con los padres (satisfacer su necesidad de ser acurrucado). Esto no significa que una situación en particular vaya a determinar el desarrollo emocional del niño ni el tipo de apego, pero sí es determinante si esta situación se repite constantemente en el tiempo.

Por lo tanto, la relación que se desarrolle entre los niños y sus cuidadores puede influir de gran manera en el comportamiento futuro con sus pares y con las figuras de autoridad.


Referencias:

Papalia, D. E., Wendkos Olds, S., & Duskin Feldman, R. (2001). Psicología del desarrollo (8va. ed.). México: McGrawHilI.

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